



MIREN LO QUE ENCONTRÉ
En una aldea
de las colinas de Judea,
un día nublado,
maté a quince o veinte niños.
O a lo sumo veintitrés.
En un claro junto al río,
en la estación en que los juncos son más verdes,
determiné la muerte de unos treinta.
Sumando a los del monte helado
y a los chiquitos de la selva
y a los mudos e impasibles del desierto,
puedo decir tal vez doscientos.
A algunos degollé, pero a los menos.
Otros conocieron las ruedas de mi carro.
A otros no hubo más que abandonarlos.
El sol del día siguiente, sin embargo,
siempre limpió todo.
Y la luz dorada y las abejas,
y las risas que vinieron
demostraron mi acierto.
En el jardín sereno de mis años
maté a mi esposa varias veces,
hasta que ya no quiso levantarse.
En furias de verano, en la oficina,
supe matar y no ser muerto.
A mis amigos empujé al barranco,
confiando en que sabrían comprender.
Y comprendieron.
Casi todos entienden cuando algo es necesario.
Menos las madres y sus ojos.
“-Fue para salvar a muchos más.
Fue necesario”.
Pero ellas nunca lo entendieron.
No saben lo difícil que es ser hombre de mando,
o simplemente hombre,
y cargar con esto.



En su libro “Una iglesia con propósito”, Rick Warren recurre a un esquema de círculos concéntricos para explicar el proceso de acercamiento a la fe primero, y a la vida espiritual plena después. En el círculo exterior están los “inconversos”. Se supone que ellos deben avanzar hasta el centro, donde está el núcleo maduro, es decir, “los que sirven”. El proceso es más o menos así:
- Primero las personas se acercan a un culto atractivo y allí ADORAN.
- Luego se comprometen a PERTENECER a la iglesia.
- Después aceptan CRECER, tomando cursos y cultivando ciertos hábitos.
- Entonces están en condiciones de participar en el SERVICIO.
- Finalmente, desde ese centro, pueden SALIR AL MUNDO en misión.

Lo que quiero decir, con todo respeto, es que esto no me agrada. No me agrada que el servicio esté tan lejos, que la gente ingrese por un “culto atractivo”, que quienes no aman todavía a Dios deban adorarlo, que la pertenencia sea condición de todo, que la salida al mundo sea algo excepcional y para pocos. No me agrada esta manera de pensar ni sus efectos. Y no tengo buenas referencias del origen de este modelo, ni de sus promotores y amigos. No sé si es cierto que el gobierno norteamericano haya incluido un ejemplar de “una vida con propósito” en la mochila de cada soldado en viaje al Golfo. Pero sí sé que mi amigo Esteban visitó la iglesia matriz, y la encontró orando “por nuestros muchachos en Irak”. No sé qué relación tiene una cosa con la otra. Pero no me agrada.
Entonces, por las dudas, quisiera proponer más o menos lo contrario. Imaginemos:
- Las personas se encuentran con cristianos que ya están en el mundo porque nunca se ausentaron de él.
- Notan que ellos se ayudan entre sí y a otros. Que sirven a Dios sirviendo a los demás.
- Permaneciendo cerca, crece la relación, crece cada uno y crecen todos.
- El conocimiento mutuo se convierte en pertenencia afectiva.
- Habiendo recibido el amor que viene de Dios, pueden amar a Dios, y pueden adorarlo.

¿Es muy loco? ¿Es muy tonto?
Probablemente sí. No tengo credenciales de éxito con que demostrar que esto sea mejor que aquello. No tengo (por fortuna) a 10.000 personas ordenadas de modo escalonado por debajo de mi sillón (¡no tengo sillón!).
Lo que tengo es poco. El deseo de no construir una gran organización. Y la alegría de saber que esta sugerencia difícilmente sirva jamás de aliento para una tropa de ocupación.


Es muy fácil que al llegar a la esquina,
y al casi chocar con señora abrigada,
cachetes rojos y nariz también,
y bufanda y ojitos azules hundidos como de oso de peluche
y muchas canas entre el pelo que digamos rubio
y cara de apuro por cruzar la calle,
uno tenga ganas de gritarle: SÍ…!
HERMOSA…!
HERMOSÍSIMA…!
BELLEZA DE DIOS!
ENVIDIA DE LOS ÁNGELES!
SOS PARA AMAR!
SOS PARA QUE TE ADMIREN PARA SIEMPRE!!!
Es bastante común que eso suceda.
A casi todos les sucede muchas veces.
Lo que pasaba con él,
era que esos arranques
no se le iban.
Se le quedaban encendidos
y seguía en eso sin poder volver.
Sin poder dejar de ver que cada uno que pasaba,
ese abogado mirando sus papeles,
un perro viejo,
este portero de edificio y auto y ruido de martillos
y aire helado que se vuelve vapor son imposibles.
Sin poder deshacerse de la idea
de que eso es increíble pero cierto
y durará muy poco y ese poco es ya.
Lo que pasaba con él
era que eso,
una vez que lo veía,
no podía dejar de verlo.
Y eso lo hacía inoperante,
idiota, sospechoso, inútil,
imprevisible, innecesario,
ajeno,
de temer,
con suerte pintoresco.

“Un examen minucioso de los vehículos estimables, reveló anidación masiva en artefactos de propalación de la voz. Los recodos internos y esponjosidades en cámaras de microfonía, humidificadas por el hálito del orador, resultaban una cama de cultivo óptima (...) por lo que recomendamos en lo posible el alejamiento de tales fuentes...”
Aquí, sin su permiso, un texto de mi amiga Elisa Padilla. ¿Me dejará ella convertir ese texto en un librito?
Dice Elisa:
“Creo que podemos acercarnos a las personas de dos maneras muy diferentes.
- Una postura ve a la iglesia como la defensora del bien; da por sentado que su misión es ejemplificar el cumplimiento de la voluntad de Dios y de su ley.
- Otra postura entiende que la iglesia es un brazo amoroso de Dios hacia el mundo.
Nos acercamos a las personas en el marco de la ley, de lo que está bien o mal, o según un amor que busca responder a necesidades.
Apliquemos estas dos posturas a casos concretos:
Jóvenes: nuestra ley dice “los jóvenes están teniendo relaciones sexuales y viviendo en pecado”. El amor dice “¿cómo podemos ayudarles a construir una pareja llena de amor duradero y que desborde de alegría y amor para otros?”.
Homosexuales: nuestra ley dice “la homosexualidad es un pecado y no debe ser permitida en la iglesia”. El amor dice “¿cómo podemos ayudarte a vivir una vida plena y a realizarte como persona?”.
Divorciados: nuestra ley dice “el divorciado ha fracasado en la formación de una familia sólida y ya no puede ocupar posiciones de liderazgo en la iglesia”. El amor dice “¿cómo podemos ayudarte a elaborar tu pasado, aprender de él y rearmar tu vida para seguir sirviendo al Señor a full?”.
Ricos: nuestra ley dice “tu riqueza es una señal de la bendición de Dios” o (desde otra postura) “tu riqueza es una ofensa contra el Dios que está del lado de los pobres”. El amor dice “¿cómo podemos ayudarte a no estar al servicio del dinero, a ser humilde, a no pensar que podés manejar la iglesia porque tu ofrenda es la más grande, a poner todos tus bienes y tu capacidad para producir dinero al servicio del reino de Dios?”.
Pobres: nuestra ley dice: “trabajarás holgazán, no robarás, no matarás”. El amor dice “¿cómo podemos ayudarte a defender tus derechos, a recobrar tu dignidad, a desarrollar al máximo todo lo que sos capaz de ser?”
¡Qué acercamientos tan diferentes! Pero este acercamiento según necesidades no viene sin complicaciones: priorizar el amor y las necesidades de las personas (...) pone en riesgo nuestra comodidad personal, pone en riesgo la estabilidad de nuestras iglesias, pone en riesgo nuestra postura política”.



